viernes, 28 de agosto de 2009

El Mejor ginecólogo

Con un bebe de brazos, una mujer muy asustada llega al consultorio de su ginecólogo y le dice:
Doctor: por favor ayúdeme, tengo un problema muy serio.
Mi bebé aún no cumple un año y ya estoy de nuevo embarazada.
No quiero tener hijos en tan poco tiempo, prefiero un espacio mayor entre uno y otro....
El médico le preguntó: Muy bien, ¿qué quiere que yo haga?
Ella respondió:
Deseo interrumpir mi embarazo y quiero contar con su ayuda.
El médico se quedó pensando un poco y después de algún tiempo le dice: Creo que tengo un método mejor para solucionar el problema y es menos peligroso para usted.
La mujer sonrió, pensando que el médico aceptaría ayudarla.
Él siguió hablando: Vea señora, para no tener que estar con dos bebés a la vez en tan corto espacio de tiempo, vamos a matar a este niño que está en sus brazos.
Así usted tendrá un periodo de descanso hasta que el otro niño nazca.
Si vamos a matar, no hay diferencia entre uno y otro de los niños.
Y hasta es más fácil sacrificar éste que usted tiene entre sus brazos puesto que usted no correrá ningún riesgo.
La mujer se asustó y dijo: ¡No, doctor! ¡Que horror! ¡Matar a un niño es un crimen!
También pienso lo mismo, señora, pero usted me pareció tan convencida de hacerlo, que por un momento pensé en ayudarla.
El médico sonrió y después de algunas consideraciones, vio que su lección surtía efecto.
Convenció a la madre que no hay la menor diferencia entre matar un niño que ya nació y matar a uno que está por nacer, y que está vivo en el seno materno.

martes, 25 de agosto de 2009

La senda de un nazareo

Por: César Albino C.

Lectura: Números 6: 1-12.

En el Antiguo Pacto, se hacía voto de consagración para dedicarse a Jehová. El nazareato consistía en apartarse voluntariamente, exclusivamente para Dios por un tiempo determinado. El nazareo era un consagrado al Señor.

El nazareato es parecido al discipulado en el Nuevo Testamento. El Señor Jesucristo, hablando acerca del llamamiento a los discípulos dice: "Si alguno quiere venir en pos de mí" –sepa lo que tiene que empezar a vivir de aquí en adelante–, "niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame" (Luc. 9:23).

El nazareato solía ser temporal, mas para nosotros, los que en esta dispensación de la gracia hemos consagrado nuestra vida al Señor, es para siempre. ¡Qué privilegio para un hombre que ha sido regenerado, que ha sido alcanzado por su gracia! ¿Cómo podría vivir indiferente, sin consagrar el resto de su vida al Señor, habiendo sido recogido por misericordia?

Todos los que hemos creído en el Señor Jesucristo tenemos la misma fe, somos hijos de Dios; aun así, hay sólo un pequeño remanente que quiere seguir al Señor santificándose para él, viviendo por él y para él.
La iglesia está viviendo un período muy precioso de frutos, de palabra, de revelación; pero creo que en estos días el Señor quiere algo más de nosotros: quiere que le sirvamos como nunca antes lo hemos hecho. A medida que pasa el tiempo, el camino se nos va estrechando, pero aquel que está mirando al Señor, cuanto más lo ve, más lo conoce y más lo ama; más quiere entregarse por completo. A medida que se va acercando a él se da cuenta que todo lo del mundo es pasajero y es vano. Las luces del mundo, la gloria de los hombres, para él no tienen sentido. Su gozo, su alegría, todo, está en el Señor.

El nazareato perfecto de Jesús

No podemos dejar de hablar del nazareo perfecto: nuestro bendito Señor Jesucristo. Su manera de ser, su estilo de vida, en todo fue impecable. Todo el tiempo estaba consagrándose a su Dios, nada hacía por su propia cuenta. Vivió el nazareato perfectamente. Él fue intachable hasta su muerte en la cruz, y por esa causa fue levantado de entre los muertos.

En Juan 4:34, él dice: "Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra". En otras palabras, "Yo no tengo otra manera de vivir; es Dios conmigo. Solamente lo amo a él, estoy pendiente de él, y hago lo que él quiere. Esto es todo lo que tengo que hacer en la tierra: la voluntad de mi Padre".

En el Salmo 22:6, siendo él Dios, siendo el creador de los cielos y de la tierra, declara:"Yo soy gusano, y no hombre". En todo orden de cosas, él mostró lo que es honrar a Dios. Nunca se asomó en él la vanagloria. Siempre vivió una vida crucificada, no haciendo ostentación de lo que él era. Cuando Pedro proclama la revelación más grande del Mesías en la tierra, él les manda que no lo digan a nadie. Cuando el pueblo quiere hacerlo rey, por las maravillas que hacía, se va al monte, a la soledad. En realidad, siempre vivió una vida consagrada, un estilo precioso de vida delante del Padre. Ejemplo nos dejó él para seguir sus pisadas.

"Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; tú sustentas mi suerte ... Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre" (Salmo 16:5, 11). El Señor tuvo una consagración perfecta. Él sabía que sólo en la presencia de Dios estaba todo su contentamiento, toda su alegría y todo su gozo.

La abstinencia del vino

El nazareo debía observar varias abstinencias. Una de ellas era la del vino. "Y el vino que alegra el corazón del hombre, el aceite que hace brillar el rostro, y el pan que sustenta la vida del hombre" (Salmo 104:15).
El vino representa las cosas que alegran en el mundo, lo que el hombre anhela o valora muy alto. Es el goce terrenal, pasajero, aquel que llena momentáneamente el corazón del hombre y que lo lleva hasta llegar a creerse algo, cuando en el fondo no es nada. Cuando un hombre está con algunas copas en su cabeza, se envalentona y comienza a hablar, y no hay quien lo detenga. Es el estilo de vivir, la alegría vana del hombre.

¿En qué se alegra el mundo hoy? En una película, en un partido de fútbol; con algún líder político, con un cantante. Llega hasta a emocionarse, a saltar y a gritar. Es todo lo que el mundo busca: el dinero, el bienestar material. Su disfrute está en tener muchas cosas. "Alégrate, alma mía, muchos bienes tienes". En cambio, para un nazareo, su gozo es Cristo y sólo Cristo. Nada más que eso le llena. Todo lo demás pierde su brillo. Lo único que brilla delante de sus ojos es su precioso Salvador y Señor.

Que el Señor nos conceda la dicha de poder gozarnos sólo en Cristo. Que nuestra alma, si quiere danzar, o si tiene que llorar de alegría, sea por Cristo y sólo él. Que no sea el gozo terreno, pasajero, liviano.
Para un nazareo, su gozo siempre será Cristo. No depende de las circunstancias de la vida, de cómo le está yendo, sino de que Cristo es su todo. Los demás podrán relajarse, pero el que ha decidido seguir en pos de Cristo no puede estar sin contemplarle, sin orar, sin bendecirle, sin leer la Escritura, sin servirle. Es imposible. No puede encontrarle sabor a otra cosa. Su deleite, su gozo, su copa, su herencia, su todo, es Cristo y sólo Cristo.

Que el Señor nos conceda el privilegio de amarle y servirle de verdad. Otros cristianos pueden relajarse, otros pueden darse libertad en la carne. Pero el nazareo dice: "No, "todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica ... todas las cosas me son lícitas, pero yo no me dejaré dominar de ninguna", por cuanto he decidido consagrar mi cabeza al Señor".

Que no se debilite nuestro corazón cuando algunos cristianos blasfeman contra el Señor con sus palabras ociosas, sus actitudes, su manera de vivir. Aunque todos los demás sean livianos, nosotros hemos decidido servir al Señor, y servirle hasta cuando él venga.

El dejarse crecer el cabello

La abstinencia del vino representa la renuncia al goce terrenal. Pero había otra abstinencia más: el nazareo no pasaría navaja sobre su cabeza, dejaría crecer su cabello.

1 Corintios 11:14 dice: "La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello?". Los que quieren vivir una vida justa y piadosa, tendrán que perder su dignidad natural, sus derechos. El varón debería cortarse el cabello, pero si se lo deja crecer es como perder esa dignidad. Esto significa que un consagrado nunca tendrá que reclamar derechos y hacerse justicia por sí mismo, sino siempre esperar en el Señor.

Los discípulos saben que no tienen que reclamar justicia. Lo natural es decir: "Tienen que hacerme justicia". Algunos declaran: "El Señor me hará justicia". Pero según esta regla del nazareato, él pierde toda su dignidad.

"De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?" (1 Cor. 3:3). Si nos decidimos a andar como hombres y no como siervos, entonces reclamaremos nuestros derechos, exigiremos que se nos haga justicia. "Yo tengo que salir adelante, yo tengo que decir la última palabra". El hombre natural lucha hasta salir favorecido. Eso hace el común de los hombres. Pero uno que ha decidido seguir al Señor de verdad, esperará sólo en el Señor. No puede reclamar derechos: tiene que tomar la cruz.

El no contaminarse con muertos

Otra abstinencia del nazareo era de no tocar muertos. Romanos 8:6: "Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz". Cuando leemos en Números 6, pareciera injusto que si alguien cayese súbitamente muerto junto a un nazareo, aunque éste no tenía la intención de estar con él, contaminaba su cabeza, y tenía que hacer un sacrificio expiatorio para librarse de esa culpa.

¿Qué significa esto para nosotros? En esta generación tan maligna y perversa pareciera tan difícil ser fiel, ser santo. El enemigo nos bombardea con cosas pecaminosas de todos lados. En estas condiciones, ¿quién podrá ser nazareo, quién podrá ser un discípulo que agrade el corazón del Señor? Pero me consuelan estas palabras: "Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia" (Rom. 5:20).

De manera que en esta mala generación, si el hombre o la mujer deciden consagrar de todo corazón su vida al Señor, tendrá la asistencia de la gracia para ser fiel, más de lo que piensa o entiende. Porque la gracia capacita al hombre, le da autoridad, le socorre para salir adelante y enfrentarse a todas las vicisitudes de la vida. Os digo una cosa: que cuando el Señor venga, muchos nazareos estarán en pie para recibirlo.

Los nazareos tendrán que huir de toda palabra corrompida, de pensamientos desordenados, de chismes y murmuraciones. Cualquiera de estas cosas nos contamina, y a veces somos participantes de ellas, y hasta las aprobamos. Hay gente murmuradora aun en medio de la casa del Señor. El que ha decidido consagrarse al Señor tendrá que huir de toda forma de muerte. "El que es santo, santifíquese todavía" (Ap. 22:11). La gracia está disponible para todos los que quieran santificarse y agradar al Señor.

El nazareo no debía contaminarse ni por su padre ni por su madre, ni por sus hermanos. Esto se relaciona con los afectos familiares. Cuando en la iglesia hay una disciplina que involucra a alguien de la familia, algunos parientes suelen tomar partido a favor del afectado. Si es disciplinado un esposo, una esposa o un hijo, los demás se debilitan y dicen: "Sí, fueron muy duros con él, o con ella", y generalmente se apartan de la comunión.

Un nazareo dirá: "El Señor tiene razón, él hizo lo correcto. En cuanto a mí, seguiré adelante, amando al Señor. Dios es el que hace justicia, yo no reclamo nada, ni puedo detenerme por mi padre ni por mi madre".

Qué similitud hay entre lo que el Señor dice: "Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo" (Luc. 14:26). Cuando su madre y sus hermanos vienen a buscarle, él dice, señalando a sus discípulos: "He aquí mi madre y mis hermanos" (Luc. 12:49). ¿Es que no amaba a su madre, es que no amaba a sus hermanos? Sí los amaba. Pero su todo era Dios. Él les estaba dando una enseñanza a sus discípulos: que primero está él. Primero está el Señor, antes que tu esposa y que tus hijos, antes que todos tus familiares, por muy amados que sean.

Un nazareo desecha esa alianza natural, y dice: "Yo soy de Cristo, y en primer lugar voy a agradar a mi Señor". No es porque no ame a su familia. Los hijos tendrán que honrar más que nunca a sus padres, el esposo a la esposa, y la esposa a su esposo; pero primero está el Señor. Cuando José y María buscaban al niño Jesús, él les dijo: "¿No sabíais vosotros que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?". Fue intachable en su conducta con sus seres queridos, pero he aquí le vemos decidido por sobre todo a consagrar su cabeza a Dios su Padre. Que el Señor nos conceda esa dicha también.

Amamos mucho a todos nuestros familiares, pero el Señor es más precioso. Es más digno de seguirle, de amarle con todo el corazón. Y cuando le amamos así, parece que sube más amor por los hijos y más amor todavía por la esposa o por el esposo.

En realidad, la satisfacción del discípulo, del nazareo, solamente está en su Señor.

La expiación por la culpa

"Y consagrará para Jehová los días de su nazareato, y traerá un cordero de un año en expiación por la culpa; y los días primeros serán anulados, por cuanto fue contaminado su nazareato" (Lv. 6:12).

Cuando empezamos a contaminar nuestro nazareato por una u otra causa, se empieza a perder el gozo, el Espíritu se va apagando, no hay sensibilidad ni discernimiento, no hay sabiduría, sino frustración y desánimo. ¡Qué tremendo es no percibirlo, como le pasó a Sansón, que cuando mancilló su nazareato, cesó el poder de Dios en él!

Si el nazareo pecaba, tenía que presentar un sacrificio expiatorio. Pero lo terrible era que los primeros días de su consagración eran anulados. Cuando caemos en pecado, poco a poco nos vamos apartando del Señor, y hasta nos separamos de la comunión, nos vamos.

Cuando alguien se aleja de la comunión, y más tarde vuelve, suele querer ocupar el mismo lugar que antes dejó. Y pronto empieza a alzar la voz, queriendo ser tomado en cuenta. Pero, de acuerdo al ejemplo del nazareato, los días de su primera consagración son anulados. Entonces, tendrá que volver al punto en el cual cayó, y desandar lo que anduvo con su cabeza contaminada. Durante el período en que él estuvo lejos, pasaron muchas cosas preciosas en la iglesia –hubo edificación, hubo disciplina, hubo gozo, fuimos transformados un poco más a la imagen del Señor Jesucristo– pero él quedó rezagado. Si pretende seguir sirviendo al Señor con su cabeza mancillada, con su corazón contaminado, todo el pueblo se da cuenta, todos los hermanos se dan cuenta. No hay virtud, no hay gracia, no hay sabiduría, no hay discernimiento.

Sí, los primeros años son anulados, pero hay esperanza de restauración para quienes han mancillado su nazareato, porque Dios es bueno y Dios es fiel, y porque la sangre expiatoria de Cristo está vigente para salvar.

Consagrar la vida al Señor y decidir seguir en pos de él tiene un costo muy alto, pero al mismo tiempo es un privilegio tremendamente grande. El Señor es precioso. Por tanto, es mejor consagrar la vida al Señor que vivir en los deleites temporales del pecado. Tenemos que amarlo, tenemos que seguirlo de todo corazón. El llamado para un nazareo o un discípulo es a andar como Cristo anduvo. La demanda es alta.

Si alentamos a los hermanos, a los hijos, a la esposa, que hay que consagrarse de verdad; si les decimos en seguida la verdad a los que vienen llegando –que Dios es santo–; si eso les va a caer como fuego en el corazón, y de ahí van a empezar a crecer en Cristo, vamos a dejar edificado su corazón con la palabra de verdad, y tal será su consagración en los días venideros.

Que el Señor nos conceda esa dicha.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Asamblea de Satanás

Era una asamblea de espí­ritus inmundos. Sobre el trono estaba sentado el soberano de ellos. Satanás, con el cetro de maldad en su mano. Llamando a sus súbditos, Satanás clamó:

- ¿Quién irá a la tierra para asegurar que los hombres pierdan sus almas?

Uno de los espí­ritus convocados dijo:

- Yo iré.
- Y, ¿cómo lo lograrás? -preguntó el monarca inflexible.

- Les convenceré de que no existe el cielo. -respondió.

Pero Satanás contestó:

- No, eso no servirá. Nunca podrí­as imponer esa creencia en la mayorí­a de la humanidad. Esa convicción de una mejor vida venidera está demasiada arraigada en el corazón de los hombres.

Entonces otro espí­ritu dijo: - Yo iré.

- Y, ¿cómo lo lograrás? -preguntó Satanás.

- Les convenceré de que no existe el infierno.

Pero otra vez Satanás contestó: Eso no servirá. Nunca podrás convencer a la mayo rí­a de los hombres de que eso sea la verdad. La conciencia del hombre testificará contra ti y te derrotará. Debemos echar mano a otra cosa, algo que llame lo atención de todas las clases sociales, a personas de todas las edades y de todo carácter; algo que sea bien recibido por toda la raza humana.

En eso un espí­ritu funesto pasó adelante y dijo: Satanás, yo iré.

- Y, ¿que les dirás tú? - preguntó Satanás.
- Les diré respondió el espí­ritu que no hay prisa; que no se apresuren para ser salvos, ¡que podrán hacerlo mañana!

Este fue el espí­ritu que fue elegido para venir a la tierra, y él sigue murmurando al corazón de los hombres: Hay tiempo para la religión. . . mas tarde. No hay prisa. Diviértase mientras puedas. " ¡Come, bebe, regocí­jate!"

¡Pero eso no es verdad! Cada momento que pasa lleva más almas a la Eternidad, muchas de ellas repentinamente, sin el menor aviso. Y luego... el Juicio Final.

La Biblia dice: "¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?" (Hebreos 2:3). Nosotros sabemos la respuesta. ¡No escaparemos! Por lo tanto, "Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones..." (Hebreos 3:15).

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado." Juan 3:16-18.

Reciba a Jesús

1. ¡Dios le ama!
La Biblia dice, “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna.”

El problema es que…

2. Todos nosotros hemos hecho, dicho o pensado cosas malas. Eso se llama pecado y nuestros pecados nos han separado de Dios.La Biblia dice “Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” Dios es perfecto y santo, y nuestros pecados nos han separado de Dios para siempre. La Biblia dice “la paga del pecado es muerte”

Las buenas nuevas es que hace 2000 años,

3. Dios mando a su hijo Jesucristo a morir por nuestros pecados.
Jesús es el Hijo de Dios. Vivió una vida sin pecados y murió en la cruz para pagar por nuestros pecados. “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

Jesús resucito de entre los muertos y ahora esta en el cielo con Dios Padre. Jesús nos ofrece el regalo de la vida eterna – de vivir por eternidad con El en el cielo si lo aceptamos como Señor y Salvador.

Jesús dijo “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mi.”

Dios se nos acerca con amor y quiere que seamos sus hijos. “Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.”Usted puede pedirle a Jesús que le perdone sus pecados y que entre en su vida como Señor y Salvador.

4. Si quiere aceptar a Cristo solo le tiene que pedir que sea su Salvador y Señor orando una oración como esta:
"Señor Jesús, creo que eres el Hijo de Dios. Gracias por morir en la cruz por mis pecados. Por favor perdóname mis pecados y dame el regalo de la vida eternal. Te pido que entres en mi vida y mi corazón y que seas Señor y Salvador. Quiero servirte siempre."

Oró esta oración?

Escribanos para ayudarle, Cristo le ama.

El que piensa estar firme, mire que no caiga

Santiago 1:13-15 ~ "No diga que es tentado de parte de Dios" ~ por John Abels con todos los derechos reservados.

Dice en Santiago 1:13 que el creyente no puede ser tentado de Dios. En el último estudio vimos que Dios , sí, nos ama, o permite, pruebas con el fin de fortalecernos y purificarnos en la fe. 1 Pedro 1:6,7 LEE

Pero, aquí, en los vv.13-15 la palabra "tentación" significa invitación a hacer lo que no es correcto; es la incitación a un individuo para que cometa pecado; es el estímulo para que una persona haga lo que es contrario a Dios. En los vv. 2-4; y el 12, la palabra "tentación" o "prueba" tiene el sentido de examen o experiencia de prueba, pero, es muy diferente aquí en los vv. 13-15. Aquí se refiere a la tentación con incitación para cometer pecado. Para entender esta porción es importante acordarnos del contexto histórico en que fue escrita esta carta.

El escritor, Santiago, hijo de María y José, era un judío. El estaba escribiendo a los cristianos esparcidos por el mundo conocido, la mayoría de los cuales había sido convertidos del judaísmo, esto quiere decir que Santiago, y las personas a quienes el escribía, conocían las enseñanzas básicas del judaísmo, incluyendo el origen del pecado. La mayor parte de los sacerdotes rabínicos habían llegado a la conclusión irracional que solo Dios podía haber creado la tendencia mala en el seno del hombre. De esta manera le hicieron a Dios el autor del mal. Así que, Santiago comprendía que muchos de estos nuevos creyentes en el Señor - los que había dejado el judaísmo - podían aun tener esa tendencia de culpar a Dios en el momento de ser tentados para hacer el mal.

Santiago les escribe para corregir esa enseñanza y les dice en v.13 "cuando alguno es tentado , no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, y el no tienta a nadie."

Recordemos, hermanos, que por la providencia de Dios existe la libertad moral del hombre. Juntamente con esa libertad hay la responsabilidad del hombre. Cuando alguien dice que Dios le está tentando hacer el mal, en realidad está diciendo, "yo no puedo estar culpable si caigo y peco. Dios tiene la culpa."

Por eso, Santiago clarifica este punto. En este versículo encontramos la razón porque no podemos culpar a Dios por la tentación, o sea, el deseo de hacer algo incorrecto.

Santiago explica que Dios no puede ser tentado en el sentido de que la tentación tenga poder sobre el y lo force a involucrarse en el mal. La razón es fácil de entender. Dios es perfecto; tiene santidad absoluta. El aborrece todo mal. En lugar de tentar al hombre, Dios trata de ayudar al creyente ser imitador de su hijo, Jesucristo.

Pero, desafortunadamente, existe en todos nosotros esa tendencia de culpar a otro, y por fin, a Dios, cuando nos enfrentamos a la tentación y fracasamos. Dice en v.13, "Dios no tienta a nadie." Esto nos demuestra el amor y la misericordia de Dios. El nos ha provisto un camino, un modo, para recibir el perdón cuando fracasamos. 1 Juan 1:9 LEE

Si seguimos las instrucciones en este verso, si confesamos nuestros pecados, no hay porque temer a Dios. Solo hay que temerle cuando tratamos de culpar a otro por nuestro equívoco. Y cuan fácil lo hacemos. En el principio, cuando Dios se enfrentó con Adán a causa de su pecado, Adán dijo, "esta mujer...me dio del árbol..." Génesis 3:12 Y, entonces, Eva dijo, "la serpiente me engañó." Génesis 3:13 Y, ahora, queremos culpar a Dios porque el creó al serpiente. Pero, es un modo incorrecto de pensar, "Dios no tienta a nadie." Al contrario, el perdona nuestros pecados, y hasta dio a su hijo unigénito para proveer el camino de la salvación.

Entonces v.14, Santiago explica que el origen de la tentación del hombre para cometer el mal no es de Dios, sino del hombre mismo, "cada uno es tentado por su propio deseo, que lo atrae y lo seduce." Lo que para es esto; los deseos que nacen de adentro de nosotros, es la naturaleza pecaminosa, o el viejo hombre, tienden a ponernos en situaciones y lugares que nos compromete y esa tentación nos lleva a hacer algo completamente opuesto a la voluntad de Dios.

Para poder entender esto es necesario considera, una vez más, lo pecaminosa que es la naturaleza vieja, y, también, lo atractivo del pecado. Cuando aceptamos a Cristo esa naturaleza pecaminosa no muere y esa tendencia al mal no es destruida. Lo atractivo del pecado es una realidad. Y cuando comenzamos a pensar sobre el, esa tentación se convierte en el mero hecho. Vv. 14,15 LEE

En estos dos versos vemos la progresión del pecado en tres pasos sucesivos. Primero, tenemos el deseo, después está la caída; por fin es la muerte. La muerte significa, no solamente la muerte física, sino muerte de la felicidad, y la muerte de la utilidad. El creyente que fracasa no tiene gozo, y, deja de servir al Señor. Su testimonio no tiene valor, y, poco a poco se enfría por la cosas espirituales hasta que por fin es inservible por la cosas de Dios. Tal persona comienza a actuar igual que un inconverso. Le llamamos un cristiano carnal.

Claro que no queremos fracasar en esa manera. Queremos ser útiles en el servicio del Señor. Cabe la pregunta, ¿Qué podemos hacer para combatir la tentación que diariamente nos impulsa a hacer el mal? Bueno, en la Biblia hay muchas sugerencias prácticas. Pensamos de la más grande e importante. Tenemos la historia de cuando Cristo fue al huerto a orar en Mateo 26:36-41. LEE

En esta historia vemos que la primera vez que Cristo Jesús oró allí, se volvió a donde estaba Pedro, Jacobo, y Juan, creyendo que ellos también estaban orando, pero los encontró dormidos, y los censuró. Les dijo, "Velad y orar, para que no entréis en tentación." v.41 En este verso, es fácil ver la idea de que el Cristiano debe usar el poder de la voluntad para luchar con tra la tentación. Dijo, "Velad."

Pero, Cristo no solo dijo, "Velad," sino que dijo también, "Orad." Yo creo que si cada vez que somos tentados a hacer el mal, nos detenemos a pedirle ayuda de Dios para vencer la tentación tendremos menos dificultad en salir triunfantes. Es mucho mejor orar y evitar el fracaso que caer, y, entonces, tener que pedir perdón. Cuando nos enfrentamos con la tentación, debemos poner nuestra vista en Cristo; debemos concentrarnos en él. La verdad es que nosotros, los creyentes, podamos ponernos en las manos de Cristo y del Espíritu Santo para ser limpiado del deseo del mal. Así, ese deseo no podrá concebir y dar a luz el pecado en nuestra vida. Dice Hebreos 12:2, "Puesto los ojos en Cristo, el autor y consumidor de la fe..." Cristo no solo nos salva, sino que nos guarda. El llevará a cabo la obra que ha comenzado en nosotros. Podemos decir, con Pablo, "yo se a quien he creído, y estoy seguro que es poderosos para guardar mi depósito para aquel día." 2 Timoteo 1:12 Debemos estar ocupados en la obra del Señor, en las cosas buenas, que no dejen tiempo ni lugar para los malos deseos. Es muy cierto que Satanás encuentra terreno fértil para hacer el mal en las vidas de los ociosos. La mente desocupada es el taller del diablo.

Cristo dijo, "Velad y orar," y la razón es para alejarnos del terreno del diablo. Solo un cristiano sin experiencia, o no maduro, juega con el mal. Nunca entremos, hermanos, al huerto del diablo, y, entonces esperar que Dios nos cuide. Nunca entremos, hermanos, a un lugar del mundo, conocido por sus malos compañeros, y entonces pedirle a Dios que nos proteja del mal. Quedémonos al lado de Dios, y vigilando, y orando, para no entrar en la tentación.

La verdad es que Satanás no nos puede vencer en nuestro refugio porque tenemos todo el poder de Dios a nuestro alcance. Pero al entrar en el territorio peligroso de Satanás, en leer, o ver, o practicar en cosas indignas de un hijo de Dios, la caída está segura. No somos bastante fuertes para vencer a Satanás. 1 Corintios 10:12 dice, "Así que, el que piense estar firme, mire que no caiga;" Hay que estar listos y atentos en todo tiempo.

Hay la historia de un hombre que trataba de escapase del policía que le perseguía para llevarlo a la cárcel. El hombre, con mucho esfuerzo, llegó a la frontero donde aquel guardia no lo pudo arrestar. Ya , seguro de su territorio, el reo se volvió a reírse del guardia. Y, el policía, un poco más sabio, le dijo, "¡Ay!, de verdad me has aventajado. ¿Qué puedo decir? Nos demos la manos y nos despidamos como amigos." Y, el prisionero extendió la mano y el policía dio un tirón y le hizo pasar otra vez al territorio de propio estado. Entonces le puso un par de esposas y se lo llevó.

Esa es la manera que Satanás no engaña. No creemos, y, cuando menos lo pensamos, él nos atrapa.

Acuérdense, hermanos, del verso que dice, "El que piensa estar firme, mire que no caiga."

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